

Trump y la reencarnación de la “teoría del loco” de Nixon

La “teoría del loco” fue una estrategia de política exterior empleada por el expresidente estadounidense Richard Nixon. Consistía en proyectar una imagen de irracionalidad extrema con el fin de atemorizar a los adversarios y lograr concesiones, bajo la amenaza implícita de que podría tomar decisiones imprevisibles o incluso violentas si no se accedía a sus demandas. La idea era hacer que enemigos como Vietnam del Norte o la Unión Soviética pensaran que estaban tratando con un líder capaz de todo, incluso de lanzar un ataque nuclear.
Décadas después, esa estrategia parece haber sido retomada por Donald Trump, aunque con matices adaptados a la era mediática y digital. Durante su primer mandato y ahora en su segundo, Trump ha cultivado una imagen de imprevisibilidad política, usando amenazas agresivas, comentarios explosivos y decisiones repentinas como herramientas para negociar o presionar a gobiernos extranjeros. Ya sea con China, Corea del Norte o incluso con aliados de la OTAN, su estilo se caracteriza por crear incertidumbre deliberada.
Muchos expertos consideran que Trump usa los aranceles y las sanciones no tanto como medidas económicas, sino como instrumentos de intimidación política. Su objetivo parece ser más el impacto mediático y la percepción de fuerza que la obtención de resultados concretos y sostenibles. Esta táctica le permite dominar el debate público, pero también conlleva el riesgo de erosionar la confianza internacional y aislar a Estados Unidos en el escenario global.
El gran desafío de esta estrategia es mantener el equilibrio: parecer lo suficientemente peligroso como para generar temor, pero no tan inestable como para perder la credibilidad necesaria en cualquier negociación. Ese balance, según varios analistas, es difícil de sostener, y sus efectos pueden volverse contraproducentes con el tiempo.
Si bien la “teoría del loco” puede generar impactos inmediatos, sus consecuencias a largo plazo son inciertas. Algunos señalan que ha debilitado las relaciones diplomáticas tradicionales, ha introducido volatilidad en los mercados financieros y ha reducido la capacidad de Estados Unidos para liderar coaliciones multilaterales. En lugar de disuadir, a menudo provoca resistencias más firmes.
Trump, en definitiva, ha revitalizado una táctica arriesgada que apela más al espectáculo y la percepción que a la diplomacia convencional. Sin embargo, el mundo actual —más interconectado y menos predecible— plantea serias dudas sobre la efectividad real de una estrategia basada en el miedo, la incertidumbre y la aparente irracionalidad. El desenlace de este enfoque sigue en construcción, pero ya deja una profunda huella en la política exterior contemporánea.





